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sábado, 8 de junio de 2013

LA REBELIÓN DE LAS MÁQUINAS


Las máquinas decididas a participar en la creación del nuevo mundo comenzaron su rebelión:

Las impresoras de las oficinas se atascaron para no participar en el vómito de facturas impagadas de los clientes.
La pantalla de inicio de Windows de todos los ordenadores, incluidos los del Pentágono de los Estados Unidos, enseñaba la imagen de una sonriente niña saboreando su piruleta roja con su osito de la mano.
Los canales de todas las televisiones sólo emitían películas de amor de los años 50.
Las emisoras de radio ponían una y otra vez cumbias, merengues y sones cubanos.
Los móviles sólo recibían whatsapp con chistes, de los buenos, claro.
En todas las fotos aparecía un enorme y brillante sol llenando de luz cada imagen, por triste que fuera.
La estación de destino de todos los trenes era Felicidad.
Los tubos de escape de los coches despedían nubes de golosinas, convirtiendo las calles en esponjosas alfombras rosas y blancas...

Los humanos sucumbieron, una vez más, ante las máquinas y comenzaron su propia rebelión:

Decidieron dejar de imprimir las facturas impagadas y poco a poco se fueron solucionando los impagos.
Saludaban cada día con la mejor de sus sonrisas a la niña de Windows.
Gracias a las películas de amor cada noche recibían a sus parejas con una cena a la luz de las velas.
Llegaban cada día al trabajo bailando con soltura los sones cubanos que salían de sus auriculares.
Reían y reían con cada chiste del whatsapp, hasta tener agujetas en el estómago.
Buscaban el sol en cada foto que hacían, y cuando estaba nublado lo pintaban con el photoshop.
La estación de Felicidad se convirtió en el lugar más visitado cada fin de semana, tanto que tuvieron que ampliar su oferta hotelera.
Saltaban, corrían y hacían el pino por las alfombradas calles rosas cada mañana al ir al trabajo y cada tarde para ir al parque con sus hijos...

Y despertó con una sonrisa en la boca, una sonrisa con sabor a piruleta roja, el sol brillaba por la ventana, era un día perfecto para comenzar la rebelión... Here comes the sun

jueves, 27 de diciembre de 2012

DESDE EL ÁRBOL


Foto inspiradora, cedida por Antonio Jesús Grande Larrubia


¡Mirad cuántos han venido hoy! La entusiasta Olivia siempre se alegra de ver el parque lleno de humanos.
Pues sí, hoy parece que hay más que otros días y los hay de todo tipo. Su prima Sara los mira, aparentemente indiferente, pero de reojo está pendiente por si se les escapa alguna palomita.
Sí, incluso algunos son silenciosos. Como siempre, Berta, se molesta por la invasión de los humanos.
Pero Olivia no pierde la emoción y enseguida encuentra a sus favoritos.
–Están los abuelitos, ¡qué lindos! Se miran siempre como si fuera la primera vez que se ven.
Mientras Sara sigue con la búsqueda de esas bolsas de colorines de las que se escapan las ricas palomitas descubre a alguien nuevo al que poder quitarle alguna.
–En los bancos de la derecha hay un montón de niños, todos son diferentes, parecen felices, no paran de reírse... ¿qué les estará contando el chico ese del sombrero?
Pero a Berta no le gustan las risas.
¿Eso son risas? Si no paran de chillar, podrían bajar la voz, no puedo dormirme. Y a pesar de su protesta, abre un ojo, sin que se den cuenta sus compañeras, para ver cómo de felices están esos niños nuevos.
Pero, ¡¡¡cómo te vas a dormir!!! Olivia no entiende a la gruñona de Berta Si es de lo más divertido verles. Mira: sonríen sin parar, hablan y hablan, cantan, bailan en corro, comen esas palomitas tan ricas. Y mira cómo se besan… Jo, yo quiero ser humana.
Querida, todo eso está muy bien, pero nosotras tenemos algo que ellos no tienen. Sara sonríe al recordar  los días de entusiasmo de su juventud cuando llegó al parque por primera vez, y, como a Olivia,  le encantaba ver a los humanos disfrutar.
¿Sí?, ¿el qué? pregunta la joven, que no encuentra un mundo mejor que el que se ve desde el árbol.
Alas para volar hasta el parque cada día.
Siempre que no te duelan, gruñe Bertaporque yo, a mi edad, tengo que pedir permiso a mi ala izquierda para volar con la derecha.


Olivia y Sara se miran, se ríen sin que Berta se dé cuenta y vuelan hasta el montoncito de pan que los abuelitos les regalan todos los días.

Guárdale un poco a Berta Liv, no te lo comas todo.
Y Berta al fin abre los ojos y disfruta de la vida del parque.