Como porretera de pro publico emocionada este relato ganador del
I Certamen de Microrrelatos de Salorino: "Historias Embuchas".
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Cuando yo era niña, en Salorino, mi despertar olía a sábanas
blancas de algodón, a café de puchero, a leche recién cocida, al pan que se
escapaba por la puerta de la tahona para colarse por la ventana de la
habitación de mis tíos, donde yo dormía en un mullido colchón de lana.
Después de que mi madre me lavara la cara en el palanganero
antiguo, me sentaba a esperar mi desayuno, mientras, escuchaba hipnotizada el
tintineo de la cucharilla con la que mi tío removía su primer cafelito
negro del día en una tacita de porcelana.
El tiempo se paraba para mí en esa cocina, no necesitaba
nada más que estar allí y disfrutar del momento. Todo parecía estar en calma
hasta que los gallos enanos, que estaban en un tinao cercano, comenzaban
su canto animándonos a salir de ese mágico momento.
Salía a jugar a la puerta de la casa, con la tregua que la
sombra de las primeras horas de la mañana regalaba, pidiendo que me avisaran
cuando mi padre bajara a por agua hasta la Fuente del Lugar. Paradoja de los
avances del hombre: nos montábamos en un 600 para traer el agua que aún no
corría por todas las casas.
A mediodía llegaba otro gran momento, subíamos a los vinos y
entrábamos en el bar de Kubala, quien nos recibía con su gran sonrisa, y, mientras
los mayores se quedaban de pie, yo, como era la niña, la pequeña, me sentaba en
una mesa a tomarme el mosto y el pincho.
El tiempo volvía a pararse de nuevo, adormecido entre las
voces de la gente que se reencontraba –¡Hombre, mengano, cuánto tiempo!–, la
media luz que entraba por la puerta de cortinilla que daba al Coso y el rico
olor a comida que salía de la cocina.